El boxeo y la arquitectura

El boxeo y la arquitectura
El boxeo y la arquitectura
09/07/2026

Empecé a boxear porque tenía un hermano seis años mayor que yo.

Como ocurre entre muchos hermanos, pasó buena parte de mi infancia recordándome quién era el más fuerte. Yo siempre respondía. Nunca me gustó quedarme quieto ni aceptar un golpe sin intentar devolverlo. El problema era que entre él y yo existía una diferencia de tamaño imposible de ignorar. Él era más alto, más fuerte y más grande. Yo solo tenía el coraje suficiente para seguir intentándolo.

Durante mucho tiempo pensé que había empezado a boxear para aprender a defenderme de él.

Ahora veo que esa fue apenas la excusa. Lo que realmente me atraía era acompañarlo a los entrenamientos, observar el ritual que se repetía todos los días: el sonido de la cuerda golpeando el piso, el olor de los guantes, las vendas, las manoplas, la disciplina. Sin saberlo, lo que me fascinaba no era la pelea, sino el entrenamiento.

Con los años entendí que el boxeo terminó enseñándome a defenderme de muchas otras cosas.

Hay oficios que solo pueden aprenderse con el cuerpo.

Podemos leer sobre ellos, estudiar a quienes los ejercen o admirar su trabajo, pero llega un momento en que el conocimiento deja de pertenecer a los libros y comienza a instalarse en los músculos, en la respiración, en la memoria del cuerpo. La repetición termina construyendo una forma distinta de mirar el mundo.

Durante mucho tiempo pensé que la arquitectura había sido el primer oficio que aprendí de esa manera.

Después comprendí que no.

El primero había sido el boxeo.

Entré al gimnasio siendo un niño y tuve la fortuna de encontrar maestros que entendían el boxeo como un oficio antes que como un espectáculo.

El primero fue Lupe Pintor, el Grillo de Cuajimalpa.

Cuando uno tiene siete años quiere aprender a lanzar golpes. Él, en cambio, insistía en la guardia, en el trabajo de pies, en el equilibrio y hasta en la manera correcta de vendar las manos. Antes de atacar había que aprender a pararse. Antes de buscar velocidad había que repetir el mismo movimiento una y otra vez.

A esa edad la repetición parecía aburrida.

Solo mucho después entendí que no estaba aprendiendo únicamente un deporte.

Estaba descubriendo que ningún oficio serio se construye sobre atajos.

Con Lupe aprendí la técnica: usar las manoplas, brincar correctamente la cuerda, subir al ring y recibir los primeros trancazos, defenderme, trabajar la pera loca y entender que las bases sostienen todo lo demás. Permanecí con él hasta los doce años.

Después llegó Reynaldo "El Payaso" Bravo.

Con él descubrí que un golpe bien ejecutado vale más que una combinación espectacular mal hecha. Antes de buscar movimientos complejos había que dominar lo esencial. La precisión siempre estaba por encima del espectáculo.

Entrenábamos durante horas con la gobernadora. Aprendí a golpear con potencia, a avanzar constantemente, a proteger el cuerpo y, por primera vez, sentí que la técnica comenzaba a convertirse en algo natural.

Más adelante apareció el Sargento Mayor Fred Robertson y volvió a cambiarlo todo.

Venía de una escuela completamente distinta al estilo mexicano con el que yo había crecido: menos frontal, más paciente, más preocupado por la resistencia que por el intercambio constante de golpes. Prácticamente me obligó a empezar de nuevo.

Nos hacía correr millas enteras antes de entrenar.

Recuerdo la desesperación que me producía. Pensaba que me había inscrito al equipo de boxeo, no al de cross country. Dejamos de brincar la cuerda con la misma intensidad. Las manoplas aparecían cada vez menos. La gobernadora prácticamente desapareció. Corríamos, corríamos y luego subíamos al ring.

Durante un tiempo tuve la sensación de que estaba desaprendiendo.

En realidad estaba ampliando mi manera de entender el boxeo.

Descubrí que ningún método sirve para todas las peleas.

Hay que aprender a cambiar de estrategia, a adaptarse, a replantear lo aprendido y desarrollar la resistencia suficiente para soportar todos los rounds.

Esperar también es una forma de pelear.

Retroceder unos centímetros puede abrir un ángulo que antes no existía.

Cubrirse no siempre es un acto de miedo; muchas veces es una muestra de inteligencia.

Con el tiempo entendí que proyectar arquitectura exige exactamente la misma disposición.



Muchas personas imaginan que el trabajo del arquitecto consiste en diseñar edificios. Yo creo que consiste, sobre todo, en aprender a observar. Observar con atención suficiente para formular las preguntas correctas antes de intentar responderlas. Diseñar no es producir formas; es resolver problemas cuya naturaleza cambia en cada proyecto.

Ninguna obra se parece a la anterior. Cambian el cliente, el sitio, la topografía, el presupuesto, las técnicas constructivas, la normativa e incluso las convicciones con las que uno comenzó a proyectar. Lo que parecía una certeza al inicio suele transformarse conforme el proyecto encuentra su propia lógica.

Cada edificio exige una actitud distinta.

Se parece a un contrincante, aunque no porque haya que vencerlo, sino porque obliga a estudiarlo con detenimiento. Hay que leer el lugar, comprender sus restricciones, descubrir sus posibilidades y aceptar que no existe una única manera de resolverlo. La arquitectura no admite recetas; exige una atención constante.

Diseñar implica permanecer alerta. Escuchar lo que el proyecto pide en lugar de imponerle, desde el principio, una respuesta.

Mientras leía Palabras de Pritzker, de Llàtzer Moix, encontré una conversación con Tadao Ando que terminó de darle nombre a una intuición que llevaba años acompañándome.

En el capítulo Espíritu de lucha, Ando cuenta que comprendió muy pronto que nunca llegaría a ser un gran boxeador. Sin embargo, el boxeo le dejó algo mucho más valioso: una manera de enfrentarse al mundo. Estar atento. Permanecer presente. Aprender continuamente.

Al cerrar el libro tuve la sensación de que no estaba leyendo únicamente sobre él.

También estaba encontrando una explicación para mi propia manera de ejercer la arquitectura.

Eso mismo exige este oficio.

Observar antes de intervenir.

Entender antes de dibujar.

Leer el espacio antes de transformarlo.

En México solemos hablar del llamado estilo mexicano en el boxeo: avanzar siempre, presionar, no regalar terreno.

A veces pienso que los arquitectos mexicanos trabajamos bajo una lógica parecida.

Vivimos rodeados de tiempos imposibles, decisiones urgentes, presupuestos ajustados y una presión constante por producir más rápido. Como si avanzar fuera siempre la única respuesta.

Pero un buen boxeador no gana únicamente porque sabe atacar.

Gana porque reconoce el ritmo de la pelea.

Porque identifica el instante preciso para cambiar de estrategia.

Porque sabe esperar.

En arquitectura ocurre algo parecido.

Las mejores decisiones rara vez aparecen cuando aceleramos el dibujo o insistimos en resolver un problema por agotamiento. Suelen surgir cuando somos capaces de detenernos, volver a recorrer el proyecto, cuestionar una decisión o aceptar que alguien más puede ver con claridad aquello que nosotros ya dejamos de ver.

Hay ocasiones en las que avanzar significa detenerse.

Pensar también forma parte del trabajo.

Escribir.

Salir a caminar.

Recorrer nuevamente un edificio.

Construir una maqueta más.

Volver a mirar un croquis al día siguiente.

Nada de eso es tiempo perdido.

Es parte del proyecto.

La arquitectura también necesita distancia para encontrar precisión.

Las peleas casi nunca se ganan con el golpe más fuerte.

Se ganan con la distancia.

Con el ritmo.

Con la capacidad de reconocer el momento exacto en que una oportunidad aparece.

Quizá por eso nunca me han interesado demasiado los edificios que pueden comprenderse desde una sola fotografía.

Prefiero aquellos que obligan a recorrerlos.

Los que cambian de escala conforme uno avanza.

Los que comprimen el espacio antes de abrirlo.

Los que administran la luz para revelar un patio, enmarcar una vista o hacer que un material aparezca poco a poco.

Me interesan los edificios que construyen una secuencia y no una imagen; aquellos que nunca entregan toda la información desde el primer instante.

La sorpresa, en arquitectura, no depende de un gesto espectacular.

Depende del recorrido.

He procurado que nuestros proyectos nazcan de esa misma manera.

En Casa LL, la arquitectura apenas se insinúa desde la calle. El volumen se incorpora a la montaña sin intentar imponerse sobre ella. Solo al cruzar el acceso aparece el patio y, conforme el recorrido continúa, el paisaje vuelve a revelarse desde otra escala y con otra profundidad.

En Hotel Laiva sucede algo parecido.

La fachada establece una primera relación con quien llega, pero la verdadera experiencia comienza al atravesarla. El espacio cambia de proporción, comprime el recorrido, después lo libera, vuelve a contenerlo y finalmente encuentra un ambiente de mayor intimidad.

Nunca buscamos sorprender mediante una forma extravagante.

Preferimos que la arquitectura se descubra caminándola.

Que cada espacio prepare al siguiente.

Que el edificio conserve algo para quien decida permanecer un poco más.



Nunca dejé de boxear.

Solo dejé de competir.

Todavía entro al gimnasio de vez en cuando. No porque espere convertirme en profesional ni porque tenga algo que demostrar. Lo hago porque hay algo profundamente tranquilizador en volver a ponerse los guantes después de una semana difícil.

El cuerpo recuerda cosas que la cabeza suele olvidar.

Cuando estudiaba en el Marine Military Academy tuve la oportunidad de representar a la escuela en el RGV Golden Gloves Tournament, uno de los torneos de boxeo amateur más importantes del sur de Texas.

Perdí la final.

Durante algún tiempo esa derrota pesó más de lo que me hubiera gustado admitir.

Hoy casi nunca pienso en aquella pelea.

Pienso, en cambio, en el parche de los Golden Gloves que sigue cosido en mi chamarra.

No representa una victoria.

Representa todo lo que ocurrió antes de subir al ring.

Las horas de entrenamiento.

Los kilómetros recorridos.

Las manos vendadas una y otra vez.

Las madrugadas.

Los golpes.

Los errores.

La disciplina.

Ese parche terminó significando mucho más que cualquier medalla.

Me recuerda que algunos sueños también se cumplen cuando el resultado no coincide con aquello que imaginábamos.

Quizá el mayor aprendizaje que me dejó el boxeo nunca tuvo que ver con lanzar un mejor golpe.

Tuvo que ver con aprender a observar.

Con regresar al gimnasio los días en que la motivación desaparece y solo queda la disciplina.

Con descubrir que el entrenamiento importa mucho más que el combate.

La gente recuerda al boxeador por la noche de la pelea.

Rara vez piensa en los meses de gimnasio que hicieron posible esos minutos sobre el ring.

Con la arquitectura ocurre exactamente lo mismo.

Los edificios suelen conocerse cuando aparecen publicados.

Pocas veces se habla de los años de dibujos, maquetas, recorridos, reuniones, cambios de programa, presupuestos que obligan a empezar de nuevo, decisiones corregidas una y otra vez o proyectos que nunca llegaron a construirse.

La obra es apenas la parte visible de un proceso muchísimo más largo.

La pelea dura algunos minutos.

El entrenamiento ocupa casi toda una vida.



Hoy pienso que un buen edificio se parece más a un buen boxeador de lo que imaginaba cuando era niño.

No porque sea agresivo.

Sino porque sabe actuar con inteligencia.

Sabe cambiar de ritmo cuando el proyecto lo exige.

Sabe contenerse cuando un gesto sobra.

Sabe esperar cuando todavía no ha aparecido la mejor respuesta.

Y sabe sorprender sin necesidad de levantar la voz.

Los edificios, como las peleas, solo dejan ver una pequeña parte de la historia.

Lo verdaderamente importante siempre ocurrió antes.

Entre un entrenamiento y otro.

Entre un croquis y el siguiente.

Entre una conversación con el cliente, una visita a la obra, una maqueta descartada o una decisión que obligó a replantearlo todo.

Es ahí, en ese trabajo silencioso que casi nadie ve, donde realmente se forma un buen boxeador.

Y sospecho que también un buen arquitecto.