RA! Tres caracteres. Una porra.
¿Qué significa RA!?
Es una pregunta que nos han hecho muchas veces.
La hacen clientes durante una comida, estudiantes al terminar una conferencia o proveedores cuando ven por primera vez el logotipo de la oficina.
—¿Qué significa RA!?
Algunos creen que son unas iniciales. Otros piensan que es una palabra inventada. Casi todos sienten curiosidad por el signo de exclamación.
RA nació de un juego entre dos apellidos.
La primera sílaba de Ramírez de Aguilar y la última de Sierra.
Por eso, desde el principio decidimos escribir primero Sierra y después Ramírez de Aguilar, aunque el orden alfabético dijera otra cosa. Queríamos que ese encuentro entre ambas sílabas fuera evidente. La oficina nacía, literalmente, en el punto donde dos familias se encontraban.
Durante algunos años el logotipo llevó también nuestros apellidos.
Hoy ya no.
Solo permanece RA!.
Nunca lo planeamos de esa manera. Simplemente, con el paso del tiempo, dejó de hacer falta explicar de dónde venía el nombre.
También hay una coincidencia que terminó formando parte de su significado.
En México todos conocemos una expresión que aprendemos desde niños.
¡Ra, ra, ra!
Está en las porras de las escuelas, en los estadios y en cualquier lugar donde un grupo decide apoyar a alguien más.
No significa nada por sí sola.
Es entusiasmo.
Es energía compartida.
Nos gustaba pensar que una oficina de arquitectura podía comenzar así: no desde la solemnidad, sino desde el entusiasmo de construir algo juntos.
Entonces apareció el signo de exclamación.
Nunca fue un recurso gráfico.
Era una declaración de intenciones.
Queríamos trabajar con intensidad. Cuestionar. Proponer. Discutir. Aprender. No conformarnos con la primera respuesta.
Con el tiempo descubrí que el nombre también empezó a hablar de nosotros.
O, quizá, fui yo quien terminó encontrando nuevos significados en algo que al principio había sido mucho más sencillo.
La memoria tiene esa costumbre.
Hoy me cuesta trabajo ver RA! únicamente como un nombre.
Empiezo a verlo como el retrato de tres personas.

Para mí, Santiago siempre ha sido la R.
Tal vez porque fue el primero de nosotros. El mayor.
Pero también porque posee una serenidad que muchas veces sostiene al resto.
Es muy difícil verlo enojado.
Si uno llega cualquier día a la oficina, probablemente lo encuentre concentrado, con unos audífonos puestos frente a un dibujo. Pintando con acuarela. Revisando una planta una y otra vez. Volviendo sobre el mismo detalle hasta quedar convencido.
Hay arquitectos que necesitan hablar para pensar.
Santiago necesita dibujar.
Pedro, en cambio, siempre me ha parecido la A.
No por la letra en sí, sino porque, cuando pienso en el logotipo, inevitablemente la imagino uniendo la R con el signo de exclamación.
Eso hace todos los días.
Muchas veces estoy revisando un proyecto cuando aparece para preguntarme qué opino sobre una decisión. Un rato después lo veo sentado con Santiago hablando exactamente del mismo tema. Si siente que hace falta, convoca una reunión. Si una conversación quedó inconclusa, vuelve a ella días después.
Tiene una facilidad poco común para convertir una decisión en una conversación.
Hay un detalle que siempre me ha parecido revelador.
Yo imaginaba que algún día tendría un taller con mi hermano.
Santiago imaginaba uno junto a Pedro.
Y Pedro, de alguna manera, siempre terminaba imaginándonos a los tres.
Une.
También disfruta construir puentes fuera del taller. Con la academia, con el gremio y con otros arquitectos. Cuando decidimos publicar nuestro primer libro, los tres participamos, pero fue Pedro quien llevó el proyecto con una disciplina admirable. Le entusiasma crear comunidad porque entiende que la arquitectura también se construye conversando.
Después está el signo de exclamación.
Durante mucho tiempo pensé que representaba únicamente el ánimo del taller.
Hoy sospecho que, sin proponérnoslo, también terminó pareciéndose un poco a mí.
Mientras Santiago dibuja y Pedro mantiene abierta una conversación, probablemente yo esté recorriendo la oficina, revisando un proyecto, visitando una obra, escribiendo una idea, hablando con un cliente o preguntándome cómo podríamos hacer mejor alguna parte del despacho.
Siempre he tenido la sensación de que las cosas pueden mejorar un poco más. Me cuesta conformarme con una solución cuando intuyo que todavía existe otra posibilidad.
Quizá por eso suelo tomar decisiones con más rapidez que Pedro y Santiago.
Ellos son más cautelosos.
Yo soy más aventado.
Nunca me ha dado demasiado miedo equivocarme.
Me preocupa mucho más la posibilidad de no haberlo intentado.
Más de una vez esa diferencia nos ha permitido descubrir oportunidades que, de haber esperado demasiado, simplemente habrían desaparecido.
Y otras tantas han sido ellos quienes me han obligado a detenerme.
A volver a mirar.
A darle tiempo a una idea antes de salir corriendo detrás de la siguiente.
No siempre me resulta fácil.
Pero casi siempre termino agradeciéndolo.
Ellos me han enseñado que avanzar no siempre significa correr.
Y yo espero haberles demostrado que, de vez en cuando, también vale la pena dar el primer paso antes de tener todas las respuestas.
Por eso nunca he sentido que el signo de exclamación represente solamente la intensidad.
Para mí representa el movimiento.
La necesidad de que las cosas sucedan.
De intentar.
De equivocarse.
De volver a empezar.
Supongo que esa ha sido siempre mi manera de ocupar un lugar dentro del taller.
No intentando hacer lo mismo que ellos.
Sino procurando empujar, cada vez que hace falta, la siguiente conversación, el siguiente proyecto o la siguiente idea.
Durante años pensé que esa inquietud podía ser un defecto.
Con el tiempo entendí que simplemente necesitaba trabajar con personas distintas a mí.
Y esa ha sido una de las mayores fortunas de mi vida.
No podría haber elegido mejores socios.

Lo que más admiro de Pedro y de Santiago no tiene que ver con la arquitectura.
Tiene que ver con la clase de personas que decidieron ser.
Son personas rectas, generosas y profundamente humanas. Muchas veces he visto cómo ponen primero a los demás antes que a ellos mismos. Con los años entendí que esas cualidades terminan influyendo mucho más en una oficina que cualquier talento para diseñar edificios.
Cuando fundamos RA!, yo era el más joven.
Ellos me llevaban seis años.
Puede parecer poca diferencia.
No lo es cuando uno acaba de salir de la universidad y los otros ya han recorrido un buen tramo del camino.
Al principio llegaba con muchas ideas y una enorme confianza en ellas.
Ellos tenían más experiencia.
Yo tenía menos años, no menos convicción.
Muchas veces esa experiencia les permitía ver cosas que yo todavía no alcanzaba a comprender.
Otras veces era yo quien insistía en una idea que terminaba convenciendo a los tres.
Nunca se trató de que alguno tuviera siempre la razón.
Con el tiempo dejamos de discutir desde la edad y empezamos a hacerlo desde las ideas.
Hoy discutimos desde el mismo lugar.
No porque pensemos igual.
Sino porque aprendimos a confiar en el criterio del otro.
Las mejores decisiones casi nunca pertenecen a una sola persona.
Son el resultado de conversaciones largas, desacuerdos sinceros y suficiente confianza para cambiar de opinión cuando alguien encuentra una solución mejor.
RA! nunca ha pertenecido únicamente a nosotros tres.
Con el tiempo, esa manera de trabajar también terminó extendiéndose al resto del taller.
Las decisiones finales siguen siendo nuestras, pero muchos de nuestros mejores proyectos existen también gracias a las ideas de las personas que trabajan con nosotros.
Con el tiempo entendimos que un buen taller no se construye rodeándose de gente que piense igual, sino de personas capaces de enriquecer una idea, cuestionarla y llevarla más lejos de lo que habríamos llegado solos.
A los tres nos gusta dibujar.
Pero dibujamos diferente.
Santiago suele perderse entre acuarelas.
Pedro prefiere el lápiz.
Llevo años usando el mismo marcador negro japonés de Zebra.
Quizá por eso también disfrutamos partes distintas del oficio.
Y, sin embargo, cuando esas diferencias se encuentran, aparece algo que ninguno podría construir solo.

Quizá por eso el nombre sigue sintiéndose correcto después de tantos años.
Al principio era apenas un juego entre dos apellidos que terminaba convirtiéndose en una porra.
Hoy, cuando veo esas tres grafías, ya no pienso en un logotipo.
Pienso en una conversación que lleva casi una década sin terminar.
Pienso en la enorme suerte de trabajar todos los días con mi hermano y con alguien que hace mucho dejó de ser únicamente un socio para convertirse en familia.
Cuando alguien vuelve a preguntarme qué significa RA!, sigo respondiendo lo mismo.
Un juego entre dos apellidos.
Una porra mexicana.
Pero esa es solo la historia del nombre.
Lo que realmente significa RA! no está escrito en un logotipo.
Está en tres personas que, después de tantos años, siguen eligiendo compartir el mismo taller, convencidas de que una buena idea casi siempre mejora cuando pasa por las manos del otro.