Entre el mole y el nigiri
Durante años repetí, casi como un reflejo, que Nueva York era mi ciudad favorita del mundo.
Y, para ser justos, todavía ocupa un lugar privilegiado en esa lista.
Me fascinaba como arquitecto. Me fascinaba como fenómeno humano. Me fascinaba como esa rara combinación de geografía, tecnología y economía que, al encontrarse en el momento preciso, produce algo que parece inevitable después de existir, pero que antes de existir parecía imposible.
Pensemos en Manhattan.
Una isla relativamente pequeña, aprisionada entre el Hudson y el East River, obligada a resolver un problema elemental: ¿qué ocurre cuando millones de personas quieren ocupar un espacio que simplemente no puede expandirse?
La respuesta fue tan sencilla como revolucionaria.
Crecer hacia arriba.
Y justo cuando apareció la necesidad, apareció también la herramienta. El elevador hizo por la ciudad moderna lo que la vela hizo por los océanos o la imprenta por las ideas: alteró las reglas del juego sin hacer demasiado ruido.
Lo que vino después fue una especie de delirio vertical.
Los edificios comenzaron a competir con el cielo. Los rascacielos transformaron el horizonte en una declaración de ambición permanente. Nueva York se convirtió en un laboratorio donde la humanidad ensayó una nueva manera de habitar el mundo.
Durante mucho tiempo pensé que ahí residía una de las expresiones más extraordinarias de la arquitectura.
Hasta que conocí Tokio.
Y entonces la pregunta cambió.
Nueva York me hablaba de lo que somos capaces de construir.
Tokio me obligó a preguntarme quiénes somos cuando construimos.
Porque la impresión que deja Japón va mucho más allá de sus edificios.
Es la sensación —al menos para alguien formado en Occidente y criado en México— de entrar en contacto con una lógica distinta. No mejor ni peor. Distinta.
Más silenciosa.
Más ordenada.
Más disciplinada.
Más contenida.
Y, paradójicamente, en algunos momentos también más solitaria.
Muchas veces he pensado que Japón y México funcionan como una especie de espejo invertido. Donde uno privilegia la armonía colectiva, el otro celebra el desorden creativo. Donde uno cultiva la reserva, el otro practica la convivencia casi como un deporte nacional.
Quizá por eso Japón ejerce una fascinación tan poderosa sobre nosotros.
Nos permite observar lo que somos a través de aquello que no somos.

He tenido la fortuna de viajar a Japón en dos ocasiones y recorrer distintas regiones del país. Lo suficiente para admirarlo. No lo suficiente para comprenderlo.
Y cuanto más lo conozco, menos siento que lo entiendo.
Cada viaje responde algunas preguntas y multiplica otras diez.
Fue precisamente después de esas visitas cuando decidí releer El elogio de la sombra, de Jun’ichirō Tanizaki.
La primera vez lo leí en la universidad.
Creí haberlo entendido.
Ahora sospecho que simplemente lo había leído.
Porque volver a él años después —tras ejercer la arquitectura, construir proyectos, cometer errores y enfrentar las contradicciones inevitables de la profesión— fue como abrir un libro completamente distinto.
O quizá el libro era el mismo y quien había cambiado era yo.
Lo curioso es que, mientras avanzaba entre sus páginas, cada vez pensaba menos en Japón y más en México.
A simple vista, Tanizaki habla de arquitectura.
Habla de templos.
De casas de té.
De jardines.
De baños tradicionales.
De materiales.
De luz.
Pero poco a poco uno descubre que en realidad está hablando de otra cosa.
Está hablando de valores.
La sombra es un valor.
La oscuridad es un valor.
La paciencia es un valor.
La contemplación es un valor.
La privacidad es un valor.
La aceptación del paso del tiempo es un valor.
En Occidente solemos interpretar el desgaste como una derrota. La madera envejecida debe restaurarse. El metal oxidado debe sustituirse. La superficie marcada por los años debe ocultarse.
Tanizaki observa esas mismas huellas y ve belleza.
Donde nosotros vemos deterioro, él encuentra profundidad.
Donde nosotros intentamos detener el tiempo, él parece invitarlo a sentarse a la mesa.
Es una diferencia sutil, pero enorme.
Como observar una cicatriz y verla como una imperfección o como parte de la historia.
Algo parecido ocurre con la luz.
La modernidad desarrolló una obsesión casi religiosa por iluminarlo todo. No dejar rincones oscuros. No permitir secretos. Hacer visible cada centímetro del espacio.
Tanizaki propone exactamente lo contrario.
La penumbra no es ausencia.
Es presencia.
Es el escenario donde los materiales adquieren espesor emocional. Donde los objetos insinúan más de lo que muestran. Donde el misterio sobrevive.
Quizá por eso los templos japoneses conmueven.
Quizá por eso los jardines.
Quizá por eso incluso los baños.
Hay un pasaje particularmente memorable en el que describe los baños tradicionales japoneses, aislados del ruido cotidiano y vinculados visualmente con la naturaleza. Lo que para muchos sería una función doméstica se transforma en un ritual.
No es higiene.
Es contemplación.
Y entonces apareció una pregunta que ya no me abandonó.
Si esas decisiones arquitectónicas nacen de ciertos valores culturales, ¿cuáles son los nuestros?

¿Qué valores deberían dar forma a una arquitectura mexicana?
La pregunta parece sencilla.
No lo es.
Porque identificar la arquitectura japonesa resulta relativamente fácil. Existen cambios, matices y diferencias regionales, por supuesto, pero también una continuidad cultural que atraviesa siglos.
México, en cambio, parece una conversación interminable.
¿Es mexicana la arquitectura maya?
¿La mexica?
¿La zapoteca?
¿La virreinal?
¿La del Porfiriato?
¿El Art Déco?
¿El modernismo?
¿Barragán?
Mientras más se intenta definirla, más se escapa.
Y quizá la razón sea evidente.
México nunca fue una sola cosa.
Antes de la llegada de los españoles, la tierra que hoy llamamos México ya era un mosaico de pueblos mesoamericanos, cada uno con sus propias lenguas, creencias y formas de entender el mundo.
Después llegaron españoles, muchos de ellos procedentes de Andalucía y Extremadura. Con ellos no solo cruzaron el Atlántico una lengua y una religión, sino también una forma de habitar moldeada por siglos de herencias romanas, islámicas y bereberes.
Más tarde llegaron personas de origen africano que, pese a haber sido traídas de manera forzada, dejaron una huella profunda en la música, la gastronomía, los oficios y la vida cotidiana de la Nueva España.
La historia tampoco terminó ahí.
Durante más de dos siglos, el Galeón de Manila unió Filipinas con Acapulco. No solo transportó seda, porcelana o especias; por el Pacífico también cruzaron personas, plantas, palabras, técnicas e ideas que terminaron formando parte de la vida cotidiana del virreinato.
Mucho antes de que existiera la globalización, México ya era un punto de encuentro entre América, Europa, África y Asia.
Quizá por eso nuestra historia se parece menos a una línea recta que a la confluencia de muchos ríos: corrientes nacidas en lugares distintos que terminaron encontrándose aquí.
Por eso resulta tan extraña la obsesión por encontrar una pureza mexicana.
La pureza, en nuestro caso, quizá sea una ficción.
Somos una cultura mestiza desde los cimientos.
Y tal vez la mejor forma de entenderlo no sea a través de la arquitectura sino de la comida.
Pensemos en un taco al pastor.
La tortilla nace de esta tierra.
El cerdo llegó de Europa.
La técnica del trompo tiene raíces vinculadas al Medio Oriente.
Sin embargo, nadie discute su mexicanidad.
Porque la identidad no depende del origen de cada ingrediente.
Depende de dónde ocurre la síntesis.
El taco al pastor es mexicano porque la mezcla ocurrió aquí.
Porque la transformación ocurrió aquí.
Porque la cultura tomó elementos diversos y los convirtió en algo irrepetible.
Entonces surge otra pregunta.
¿Por qué la gastronomía mexicana posee una identidad tan clara mientras que la arquitectura mexicana sigue siendo un debate abierto?
Quizá porque hemos dedicado demasiado tiempo a buscar formas y muy poco a identificar valores.
Por eso Barragán sigue siendo tan relevante.
No porque descubriera una fórmula estética definitiva.
Sino porque entendió algo más profundo.
Comprendió que una identidad arquitectónica no nace de copiar el pasado.
Nace de reinterpretarlo.
Tomó herramientas modernas y universales, pero las mezcló con algo profundamente local: la luz, los colores, los muros, los patios y el silencio. Sus espacios no son arqueología.
Son traducción.
Son una conversación entre tradición y modernidad.
Y quizá ahí se encuentre una pista importante.
Cada vez me interesa menos descubrir cuál es la forma de la arquitectura mexicana.
Me interesa más descubrir cuáles son los valores que podrían darle origen.
Por eso vuelvo constantemente a los pueblos originarios.
No para replicar pirámides.
No para convertir la historia en decoración.
Sino para entender qué conocimientos quedaron enterrados bajo siglos de modernización.
¿Cómo entendían el territorio?
¿Cómo entendían el tiempo?
¿Cómo entendían la comunidad?
¿Cómo entendían la relación entre el ser humano y la naturaleza?
Sospecho que allí todavía existen respuestas que no hemos terminado de escuchar.
No para reconstruir el pasado.
Sino para imaginar el futuro.
A veces pienso que México es al mole lo que Japón es al nigiri.
El nigiri posee una elegancia casi matemática. Pocos ingredientes. Nada sobra. Todo parece inevitable.
El mole, en cambio, es una multitud convertida en unidad. Capas sobre capas de historias, migraciones, técnicas y memorias que terminan fundiéndose hasta que resulta imposible separar sus componentes.
México quizá sea eso.
Una complejidad que se niega a simplificarse.

Y, sin embargo, sigo preguntándome si debajo de todas esas capas existe algo más esencial. Algo que todavía intuimos, pero que aún no sabemos nombrar.
No sé si nuestra tarea consiste en aceptar que somos mole.
O en descubrir el nigiri mexicano.
No sé si la arquitectura mexicana necesita encontrar una forma, una sensibilidad o una cosmovisión compartida.
Lo único que sé es que releer a Tanizaki terminó llevándome mucho más cerca de México que de Japón.
Y sospecho que la arquitectura mexicana lleva siglos haciéndose exactamente la misma pregunta.
Una pregunta que sigue abierta.
Y quizá, precisamente por eso, sigue siendo tan interesante.