La generosidad de una banca
Últimamente he escuchado hablar mucho sobre la generosidad en arquitectura.
La palabra aparece cada vez con más frecuencia en conferencias, entrevistas y conversaciones entre arquitectos que admiro. La he escuchado en reflexiones de Michel Rojkind. La escuché recientemente en una intervención de Bjarke Ingels sobre el futuro de la arquitectura y el desarrollo urbano de Nueva York, donde dirigía una recomendación a Zohran Mamdani, actual alcalde de la Ciudad de Nueva York. Entre los distintos temas que abordó, volvió una y otra vez a una idea que me llamó especialmente la atención: la necesidad de pensar la ciudad desde la generosidad. Y aunque cada uno parece referirse a cosas ligeramente distintas, la sensación que me queda es la misma: hay algo importante detrás de esa palabra.
No estoy seguro de entenderla por completo.
Y quizá por eso sigo pensando en ella.
Porque las palabras que uno entiende demasiado rápido suelen agotarse pronto. En cambio, hay otras que permanecen durante semanas o meses dando vueltas en la cabeza, encontrando conexiones inesperadas con experiencias, proyectos y recuerdos que en apariencia no tienen relación entre sí.
La generosidad se ha convertido para mí en una de esas palabras.
Durante años, gran parte de la conversación arquitectónica estuvo centrada en conceptos como sustentabilidad, eficiencia energética, resiliencia o densificación urbana. Todos son temas importantes. Todos seguirán siendo necesarios.
Pero la generosidad parece plantear una pregunta distinta.
No se pregunta únicamente cómo reducir el impacto de un edificio.
Se pregunta qué puede aportar.
Y esa diferencia, aunque parezca pequeña, cambia completamente la conversación.
Antes de seguir, creo que vale la pena recordar algo que para mí es fundamental.
La arquitectura es, antes que cualquier otra cosa, un acto humano.
Construimos para habitar.
Construimos para protegernos.
Construimos para descansar.
Construimos para reunirnos.
Construimos para darle un lugar físico a una parte de nuestra existencia.
Un edificio puede resolver problemas estructurales, optimizar consumos o responder a variables climáticas complejas. Pero también puede ofrecer refugio, intimidad, pertenencia o esa sensación difícil de describir que aparece cuando un espacio parece comprendernos mejor de lo que nosotros mismos nos comprendemos.
Por eso siempre me ha parecido que la arquitectura opera simultáneamente en dos escalas.
Una profundamente íntima.
Y otra inevitablemente colectiva.
Por un lado está la casa.
La habitación.
La ventana por donde entra la luz de la mañana.
La sombra donde alguien toma café antes de comenzar el día.
Por otro lado está la ciudad.
Esa enorme construcción colectiva donde millones de decisiones individuales terminan produciendo una experiencia compartida.
Mientras escribo esto me viene a la cabeza una idea que escuché durante la universidad. Tristemente no recuerdo qué profesor la mencionó. Me encantaría acordarme. Debió haber sido durante primer o segundo semestre de la carrera, pero honestamente no lo recuerdo bien.
Lo que sí recuerdo es que aquel profesor hablaba de Richard Sennett y explicaba una idea que se me quedó grabada desde entonces: la ciudad es el lugar en común de quienes no tienen nada en común.
No era una cita textual de Sennett. Era más bien una interpretación de su pensamiento. Pero con los años me ha parecido una idea extraordinaria.
Porque la ciudad es justamente eso.
El lugar donde conviven personas con historias distintas, recursos distintos, creencias distintas y formas distintas de entender el mundo.
Y, sin embargo, compartimos las mismas calles.
Las mismas banquetas.
Los mismos parques.
Los mismos sistemas de transporte.
Los mismos problemas.
Y también las mismas oportunidades.
Pocas creaciones humanas me parecen tan fascinantes como esa convivencia permanente entre desconocidos.
Y quizá la generosidad aparece precisamente en el punto donde la escala íntima y la escala colectiva se encuentran.
Cuando empecé a pensar en este tema, me di cuenta de que existen al menos dos formas distintas de entender la generosidad arquitectónica.
La primera tiene que ver con los recursos.
Con aquello que consumimos y aquello que devolvemos.
Pienso en el agua.
Pienso en la energía.
Pienso en los residuos.
Pienso en toda esa infraestructura invisible que sostiene la vida urbana y que normalmente solo notamos cuando deja de funcionar.
Durante décadas hemos diseñado edificios que operan principalmente como consumidores. Reciben agua, reciben energía, producen residuos y delegan las consecuencias a sistemas mayores que rara vez forman parte de la conversación arquitectónica.
Pero conforme las ciudades crecen, esa lógica empieza a mostrar sus límites.
Y entonces surge una pregunta interesante.
¿Qué ocurriría si los edificios comenzaran a comportarse menos como consumidores y más como colaboradores?

No hablo de fantasías tecnológicas completamente autosuficientes.
Ni de pequeñas fortalezas ecológicas aisladas del mundo.
Hablo de algo más sencillo.
Más realista.
Más alcanzable.
Edificios capaces de captar agua de lluvia.
De producir parte de la energía que utilizan.
De reducir la presión sobre infraestructuras que ya operan al límite.
De asumir una responsabilidad dentro del ecosistema urbano del que forman parte.
Pienso inevitablemente en la Ciudad de México.
Una ciudad extraordinaria y agotadora al mismo tiempo.
Vibrante.
Desigual.
Creativa.
Caótica.
Una ciudad donde los problemas parecen crecer al mismo ritmo que las oportunidades.
Sería ingenuo pensar que la arquitectura resolverá por sí sola desafíos hidráulicos, energéticos o ambientales de semejante magnitud.
Pero también sería una renuncia demasiado cómoda asumir que no tiene nada que aportar.
La arquitectura puede ensayar posibilidades.
Puede adelantar conversaciones.
Puede demostrar que ciertas ideas funcionan antes de que las regulaciones las exijan.
Y sospecho que muchas de las transformaciones que necesitaremos en el futuro dependerán precisamente de esa colaboración entre arquitectos, urbanistas, ingenieros, ciudadanos y gobiernos.
Sin embargo, mientras más pensaba en todo esto, más evidente se volvía que la infraestructura era solamente una parte de la historia.
Quizá ni siquiera la más importante.
Porque existe otra forma de generosidad que me interesa todavía más.
La generosidad espacial.
La generosidad humana.
La que no se mide en litros ni en kilowatts.
La que se mide en encuentros.
Hace algunos años, uno de mis profesores, Rodrigo Velasco, hablaba constantemente de una banca.
No de un museo.
No de una torre.
No de una obra destinada a ocupar portadas.
De una banca.
Formaba parte de un edificio de Isaac Broid sobre la avenida Ámsterdam, en la Condesa.
Rodrigo tiene ahí su oficina y repetía una observación que entonces me parecía curiosa y hoy me parece profundamente reveladora, una de las mejores cosas de trabajar en ese espacio era precisamente aquella banca.
Una cubierta metálica descendía suavemente hasta transformarse en un lugar para sentarse.
Había una mesa.
Dos bancas enfrentadas.
Nada espectacular.
Nada heroico.
Y, sin embargo, siempre estaba ocupada.
Alguien tomaba café.
Alguien esperaba a un amigo.
Alguien dibujaba.
Alguien conversaba.
Era un espacio diminuto dentro de la ciudad, pero producía algo enorme: oportunidades de convivencia.

Hace apenas unos días, el Gobierno de la Ciudad la desmanteló. Recuerdo la tristeza que sentí al enterarme.
No porque hubiera desaparecido una pieza compleja de arquitectura.
Sino porque había desaparecido una posibilidad.
Y las posibilidades urbanas, una vez perdidas, suelen ser mucho más difíciles de reconstruir que los propios edificios.
Quizá por eso me pregunto con frecuencia cuántos lugares semejantes hemos ido eliminando en nombre de la eficiencia o por ignorancia e ineptitud.
Vivimos en una época curiosa.
Todo parece requerir una función, una métrica o una justificación económica.
Incluso permanecer en un sitio suele exigir una transacción.
Consumir algo.
Comprar algo.
Justificar nuestra presencia.
Y sin embargo, una de las formas más generosas que puede tener una ciudad es permitirnos simplemente estar.
Por eso sospecho que una de las responsabilidades más importantes de la arquitectura consiste en crear escenarios donde las relaciones humanas puedan ocurrir.
No podemos diseñar amistades.
No podemos diseñar afectos.
No podemos diseñar comunidades.
Pero sí podemos diseñar las condiciones que las vuelven posibles.
Las plazas.
Los patios.
Los corredores.
Las terrazas compartidas.
Los espacios intermedios o las bancas.
También la vivienda colectiva ofrece una oportunidad extraordinaria para ello.
Durante años parecía que el ideal consistía en llegar al estacionamiento, subir al elevador y desaparecer inmediatamente detrás de una puerta privada.
Todo optimizado.
Todo eficiente.
Todo individual.
Pero algo se pierde cuando eliminamos los espacios donde los vecinos pueden cruzarse por casualidad.
Y pocas fuerzas urbanas son tan poderosas como el azar.
Algo similar ocurre con los usos mixtos.
Siempre he pensado que los comercios en planta baja hacen mucho más que generar actividad económica.
Generan ciudad.
La cafetería.
La librería.
La fonda.
La tienda de la esquina.
Son piezas aparentemente pequeñas, pero funcionan como costuras invisibles que mantienen unido el tejido urbano.
Y mientras escribo esto, pienso inevitablemente en uno de nuestros proyectos recientes: Laiva, en San José del Cabo.
El encargo inicial era claro.
Desarrollar un hotel maximizando la cantidad posible de habitaciones.
Una lógica perfectamente razonable desde la perspectiva comercial.
Pero durante el proceso apareció una pregunta distinta.
¿Qué podía ofrecer este edificio a la ciudad?
San José del Cabo conserva una cualidad cada vez más escasa.
Una vida urbana activa a escala humana.
Sus calles todavía invitan a caminar.
Sus espacios conservan una identidad propia hecha de color, sombra y encuentros espontáneos.
Poco a poco logramos convencer al cliente de liberar parte de la planta baja.
Abrir espacios.
Permitir que el edificio respirara.
El proyecto se retranqueó para crear un atrio sombreado, una transición amable entre la calle y el interior.
Lo imaginamos inicialmente como un espacio para galerías.
Más adelante aparecieron una cafetería y un restaurante.
Y, curiosamente, aquello resultó aún mejor.
Porque esos lugares siguen perteneciendo a la ciudad.
No es necesario hospedarse para utilizarlos.
No existe una frontera invisible entre turistas y residentes.
La gente puede entrar.
Recorrer.
Sentarse.
Permanecer.
Habitar.
Mirando hacia atrás, me doy cuenta de que nunca utilizamos explícitamente la palabra generosidad durante el diseño.
No recuerdo haberla pronunciado en ninguna reunión.
Y, sin embargo, eso era exactamente lo que estábamos intentando hacer.
Ceder algo.
Compartir algo.
Abrir algo.

Quizá ahí reside el aspecto más interesante de esta conversación.
La generosidad arquitectónica no siempre aparece en los grandes gestos.
A menudo se manifiesta en cosas aparentemente pequeñas.
Una banca.
Una sombra.
Un patio.
Una planta baja abierta.
Un sistema de captación de agua.
Un lugar donde dos desconocidos pueden coincidir durante unos minutos antes de continuar sus caminos.
Porque los edificios no terminan en sus fachadas.
Forman parte de una calle.
De un barrio.
De una comunidad.
De una ciudad.
Y si la ciudad es ese lugar compartido entre personas que muchas veces no tienen nada en común, entonces la arquitectura tiene una tarea que va más allá de la construcción.
Ayudarnos a convivir dentro de esa diferencia.
Tal vez la pregunta más importante para la arquitectura de las próximas décadas no sea únicamente cómo construir mejor.
Tal vez sea otra.
¿Cómo devolver más de lo que tomamos?
A veces mediante infraestructura.
A veces mediante espacio.
Y, en los mejores casos, mediante ambas cosas al mismo tiempo.